martes, 1 de julio de 2014

ORIGEN

Quién fuera él no importa. Quién fuera ella tampoco. Da igual si se conocían o no, lo mismo daba si tenían una relación desde hacía años o fue fruto de una atracción pasajera en esas noches de alcohol y aventura. ¿Hubo romanticismo, o fue meramente carnal? Ese asunto es baladí. Lo único que importa es que los temas duros y blandos se conjugaron; allá donde los opuestos danzan sin parar, fue factible que lo húmedo y lo ardiente se dieran la mano, fue lícito que hombre y mujer se acercasen tanto como la química dictamine.
Entonces, después de la danza de lenguas en el derretido lago de las cavernas que se encuentran, una acción inusitada cobra sentido. Las manos se tornan ágiles, desnudando lo que acaso nunca debió cubrirse con ropa, piel u hoja alguna, y una limosna que nunca fue dada llora en el rincón de las mentiras. Puede que haya juego de manos o no, tropezando con pezones, labios, hombros, dedos y anos, solventando la duda sobre el tamaño del pene, o quizá azotando con látigos de seda el suave carmín de unos labios que nunca fueron pintados, desdentados, guardando a pares el secreto del sexo salteado de inocencias y astucias en la noche de los tiempos.
Así, puede que el mástil fuera manejado con más torpeza que soltura, o al revés, y que el amarre femenino, sujetando algo tan firme y tan suave, estático y dinámico, fuerte y frágil, tuviese repercusiones dada la fricción a la que estaba siendo sometido en el goce de su dueño, quizá enamorado, quizá levemente involucrado, pero ciertamente implicado aunque tan solo fuera por unos instantes que se tornan eones en el recuerdo de la mente que divaga entre placeres y fruslerías cuando tiene que evocar lo incierto o cierto de una relación.
Puede, entonces, que unos dedos hábiles o no explorasen mucho y encontrasen poco, lo suficiente como para saciar países de derrumbadas fronteras, continentes a la deriva, sueños de alquil embotellados en docenas de baldosas que contienen el entorno incierto de un sueño de verano. Los labios se abren, la humedad es excitada, y en rededor todo se viste de tonalidades a auspicios que auguran algo más intenso y vibrante, dando rienda suelta el hombre a la naturaleza sexual tan zafiamente condicionada por éste mismo, curiosamente muy a su pesar. Otros quizá tilden este momento de innecesario u obligatoriamente infrecuente, morales caducas que la noche de los tiempos viene a resquebrajar, rasgando el velo de los ensueños carnales. La atracción se salta a la ligera protocolos y directrices, así como condicionamientos más bien utópicos e inhumanos, e insulta una vez más con el festín de humedades al carácter bochornoso de los dires y diretes. La vagina alberga esperanzas, sueños, vida y muerte en ciclos orgánicos lunares intercambiables, y esos dedos que puede que acaricien se muestran mesurosos y prestos a otorgar excitación.
 Todo este esfuerzo, esta concentración de energías, clítoris y glande manipulados, no son más que la antesala del diluvio universal, donde el azote de las huestes de Satán por fin riega la receptiva y dispuesta tierra con los fluidos que aguardaban tras la inocencia. Si hay ángeles o no, da igual.
Entonces, viene lo que de verdad importa. Ya digo que lo de menos es que lo anteriormente descrito tuviese lugar o no, ya que las violaciones no entienden de cariño, pudiendo ser este el caso. Lo importante es que la penetración fue efectiva, y que tarde o pronto, la semilla indiscreta en forma de curioso lácteo arribase a lo más profundo de las entrañas femeninas con efectos ulteriores de consecución biológica. La polla entró rauda en el hueco que mola, mojando lo mojado, y ahí está el secreto de la vida, a no ser que jeringas, probetas y tubos de ensayo arrebaten esta condición que hasta hace bien poco era indispensable para que el teatro de las marionetas caducas tuviese su función. Una y otra vez penetrando, una y otra vez las pelotas en movimiento, tetas, cachetes y carnes varias en sudoroso vals, en alegre disputa.
Después, todo se produce lento y vertiginoso en el cuerpo de la mujer. A lo mejor nauseas y mareos, quizá malestar, de seguro que la vulva no se mancha más de sangre propia e incómoda (o quizá sí), esa que arrastra óvulos infecundos de esperanzas no satisfechas. Las entrañas guardan algo de lo que es incómodo hablar debido a su fuente, la carnosa polla en el carnoso coño, bañando con humedades la fuente de la fertilidad, la promesa vital que será carne de sus carnes, resultado de gozos líquidos, lo mismo da si éstos son de pantano, río que fluye, mar o dique, lluvia ácida o el secreto mejor guardado de aquella flor carnívora en la cima de una colina inexpugnable e inaccesible hasta ese momento.
Y porque la humedad alimenta a la humedad, y el pequeño bicho necesita continuidad intermedia entre ésta y el a veces seco entorno, la tripa de ella, lo mismo sea mujer que niña fértil, novia, amiga, desconocida, prima o tía, se hincha y convulsiona. Huesos y cartílagos desplazados, la chicha removida, pulpa de animal albergando otro u otros animales, alianza de pobres y ricos, nunca olvidada y a veces demasiado recordada. Dolores e infortunios, o nada de esto, descalabros o no, aceptación o rechazo, confidencias, vergüenzas… Poco importa. El papiro de un destino que acaso no exista es escrito con pluma de quimera manchada en sangre y otros líquidos que la carne viva alberga, pudriendo su textura con el tiempo, desdibujando realidades a través del recuerdo en el ensueño, condicionado humanamente, vitalmente. Lo que fue, qué más da cómo fuese. Lo que cuenta es el resultado.
Entonces, hay quien acepta y hay quien no, abortando vida no deseada, implorando respeto. Leyes y náufragos remando a favor o en contra, facilitando o entorpeciendo, todo da igual. Al final la vida se abre paso, incluso para terminar con la vida que todavía no es.

Aunque si todo continúa, el parto es sólo idílico para quien no se escandaliza del sexo seriamente forzado, de la sangre, heces, de los gritos, lágrimas de dolor, impulsos y contracciones, que el origen de la vida no lo llevó a la pantalla Disney, ni se enseña a nadie explícitamente lo que hay de cierto en las habladurías de la gente. La boca de dobles labios escupe al vástago, devolviendo con creces lo que algún día tragó; sin pedir nada a cambio, perdón o razón. 

SUEÑOS

Todo es rojo y blando.



Tarda un poco en reaccionar y, cuando lo hace, se da cuenta de que algo lo aprisiona levemente. Intenta levantar un brazo, y lo rasga. Se trata de una delgada membrana semielástica suavemente viscosa que rodea todo su cuerpo. Poco a poco, se va desembarazando de ella, mientras líquidos y efluvios van apoderándose de él y de sus pulmones. Boquea, no sabiendo bien a qué responde todo esto mientras se asfixia. Apenas duele, quizá se lo esperaba de otra forma, aunque la angustia no cesa. Poco antes de perder el sentido, se da cuenta de algo…

Está parado en la plaza de su pueblo. Hay una puerta de gran tamaño. La cruza. Está subiendo ladera arriba. Hay algo que le preocupa, algo que casi recuerda. A medio camino de la ascensión, le dice a Mario: «Algo no anda bien». Los otros dos no esperan.
Aparece un ciervo bellamente astado. Se miran, mientras el tiempo no pasa. Se sirve un vaso de agua, mientras intenta leer el periódico en la cocina de su casa. Resulta del todo imposible enfocar bien las letras. Hace un calor increíble en la playa.

Se levanta y pone la televisión. Ahora intenta orientarse en la selva, hasta que se topa con un cristal enorme. Al otro lado hay una oscuridad difusa, y el leve contorno de alguien que observa. En ese momento, recuerda que esto es un programa de televisión que él está viendo, y busca la forma de salir de allí. La anaconda parece surgida de la nada, y él se deja engullir: la muerte es la única forma de despertar. Está en su salita viendo el programa de humor de unos monos danzarines, y sabe que esto no es más que otro sueño, así que despierta de nuevo mientras se acuerda de que no es la primera vez que despierta. Está en la cama de su hogar de infancia, y su madre entra en el cuarto violentamente. Hace un esfuerzo terrible por despertar mientras el dolor se le acumula en el riñón derecho. Una cuerda invisible está pendida de ese órgano, y por ahí sale.

Está en una calle desierta. Es de noche. Todo parece real. Las farolas alumbran la calle, pero algo no cuadra. «¡¡Esto es un sueño!!», grita a nadie, o a sí mismo.

Despierta a las puertas de una iglesia. En vez de entrar por la puerta principal, da un rodeo y entra por detrás. Hay un artista que talla lápidas y cruces en piedra, y le enseña a utilizar el arte para obtener lo sagrado. Le cuenta un secreto: «No solo lo cristiano es sagrado», dice. Al escuchar esto, se siente desvanecer, mientras comprende que la caja que está haciendo es su propio ataúd. El hombre le dice: «Hace algún tiempo yo fabriqué el mío también».

Está en una cola para entrar a un concierto. Un amigo suyo provoca un accidente y una columna mata a varios e hiere a muchos más. Es la cola para pagar en el supermercado, y todos buscan al culpable. Él dice «Es aquél», intentando señalar a su amigo, pero señala a otro. Todos quieren hacerle daño, y él intenta aclarar el asunto: «Me he equivocado, no era él, se trata de mi amigo». Pero nadie le hace caso, obcecándose en perseguir al falso culpable. Entonces decide deshacerse de todo lo que lleva encima y realizar un gran viaje dependiendo solamente de sí mismo.

Está en una manifestación. Todos los que estaban dispersos se encuentran ahora reunidos. Caminan por una calle, llevando pancartas. Pasan junto a una gran puerta de doble hoja abierta de par en par. Dentro, está preparado el banquete. Al entrar, se da cuenta de que es otro mundo haciendo el teatro de que es el mundo normal. Gnomos disfrazados de camareros sirven la mesa. Él pide un trozo de carne asada en un pequeño bocata que en vez de pan es una libreta. Cuando se lo traen, no sabe decir que no. La manifestación continúa, y llegan al entierro de su tía abuela. Entonces, se deslinda, y se da cuenta de que su coche aparcado a las puertas de la iglesia civil porta símbolos contrarios. Se sitúa en el otro bando, al lado de su familia, y les tira un bote de mostaza que había enterrado en una montaña de arena que era la pared lateral de la entrada. Los manifestantes se creen que es un arma hasta que les alcanza. Entonces, ni se muestran a favor ni en contra.

Está en su coche, pero no conduce él. Lo hace un amigo suyo, de una forma irresponsable, cogiendo las curvas a toda velocidad. Él intenta pararle, pero no puede. Le grita, intenta cogerle del brazo… Y entonces se salen de la carretera. Saborea extrañamente los momentos en los que está en el aire. Al morir, despierta.

Camina a cuatro patas. Es un perro. Su mente está disminuida, no tiene la capacidad de razonar, y se encuentra atrapado en una pucha de sentimientos. Su novia le ayuda a incorporarse sirviéndole de muleta; intenta humanizarle. Pasan al lado de una fuente. Todo se torna confuso.

Están de excursión. A un hombre mayor se le va la olla y se vuelve a su pueblo andando. Él está preocupado, y tiene que dejar a otros en sus pueblos. Para ir al pueblo de uno hay que pasar por el del hombre mayor. Hace años que no está en el pueblo del hombre mayor, y recuerda que antiguamente había unos mercados subterráneos. Hablando con alguien de allí, le dicen que esos mercados eran unos antiguos parkings que se abandonaron, luego fueron mercados y ahora son cines modernos. Los recuerdos le asaltan y se pasea entre las tiendas del antiguo mercado. Ahora son como grandes estaciones de metro, y él viste una especie de traje con escafandra cuasi plana. El cine comienza para él, ve proyectarse en las paredes y el entorno las imágenes en tres dimensiones envolventes e interactivas. Está jugando al juego del señor de los anillos. Una especie de Gandalf guerrero, que no es otro que él mismo, está planeando la jugada a gran escala. De repente se coge a Frodo y a Sam alternativamente. Con Frodo coge el anillo del mapeado, y con Sam sigue a Frodo. Con Gandalf guerrero decide realizar una acción: hace una incursión en terreno enemigo. El bando bueno está al frente de la casa de campo de su infancia, y bajan al lateral derecho (es decir, desde su punto de vista hacia la izquierda) que es donde se encuentran los malos. Gandalf guerrero y sus aliados luchan en forma de iconos, y este Gandalf guerrero realiza un pacto con ellos: deben hacer una incursión al bando bueno con tormentas. A cambio Gandalf guerrero recibe un dragón negro para ser montado por él. El que sueña lo critica, no por haberse salido del guión del libro, ya que sabe que esto es un videojuego que permite una historia libre, sino porque se haya aliado con el mal. Entonces, el bando bueno al completo realiza una incursión al reino de las bestias que se encuentra detrás de la casa, pasando por la izquierda. Gandalf guerrero lucha contra un dragón dorado y gracias a que tiene un dragón negro pronuncia unas palabras clave en el juego y el dragón negro se disipa en el dorado, domándole así para que Gandalf guerrero pueda montar al dragón de oro. Este era el secreto por el cual este personaje había pactado con el mal, para obtener un bien mayor.

Se quita los dientes uno a uno. Es desagradable.

Hay una oleada zombi. Sobrevive matando a todo el infectado que puede, pero sabe que sólo es cuestión de tiempo. Ellos son muchos y no tienen otra cosa que hacer que avanzar y morir pacientemente; hasta que él se canse, o tenga un fallo, o le sorprendan, o…

Está en una estación de tren. Se enfrenta a unas nuevas tecnologías que desconoce a la hora de procesar su petición. Tiene sed, por lo que se aventura y solicita un billete y una Fanta Naranja tecleando en la máquina. Él no sabe si lo ha hecho bien o no. La máquina hace un ruido, y aparece un vaso de papel y plástico en donde se va vertiendo el líquido solicitado mientras su billete aparece por otra ranura. Se sorprende gratamente.
Entra. En la estación va pensando en que, si bien ha estado andando durante unos días, aun no se siente preparado para hacer montañas como su amigo. Sabe que ha quedado con él, pero ni tiene el físico adecuadamente entrenado, ni el equipo. Le intenta llamar por teléfono para decírselo, y para preguntarle qué ropa se debe comprar.

En su trabajo, jerárquico. Su jefe reúne a los encargados de sección en una sala a la que sólo pueden asistir ellos, y se encierran con llave. Ahí dentro, el jefe les da información privilegiada para su evolución espiritual. Él se queda fuera y no accede al conocimiento.

Está en una cena en un restaurante con unos amigos. Las cortinas son rojas, así como la tela de las sillas. Todos hablan animosamente, intentando algunos hacerse oír por encima de los demás, alternándose todos en esta cuestión. La charla va pareciendo un coro, y cuando todos desisten en hacerse oír por encima de los demás, surge una preciosa canción cantada, no solo por los amigos sentados a la mesa, sino por todo el restaurante al completo haciendo de coro resonante.

Está tumbado en la casa de un amigo. Su lado izquierdo, junto con todas las baldosas y todo el suelo sobre el que está apoyado este lado es una grieta de vacío. Él es el oscuro vacío, y ve la realidad de la sala donde él está tumbado a través de la grieta. Parece que va a despertarse en algún momento de su infancia, pero se resiste. Hay un parque, una acera, tierra, un bloque, un columpio rojo, él con gafas y un amigo… Pero sigue siendo el vacío, y esto no es más que una posible realidad. Otra es la sala sobre la que está tumbado, y así hay infinidad de posibles realidades.

Está en una cena donde se encuentran muchas casas reales y gente relevante.  En un momento dado, aparecen las infantas Leonor y Sofía correteando entre las mesas. Leonor se muestra más distante, pero Sofía está dando un auténtico espectáculo. Entonces ve en frente de sí a Enrique de Inglaterra con su mujer. Le pregunta a Sofía: «¿No saludáis a los príncipes de Inglaterra?», y ella le responde: «Es que no nos gustan las plebeyas».

Está en casa de sus padres. Llega una persona que representa dos facetas: una amiga y una compañera del trabajo. Le dice que se arrime a la saya, que hace frío.

Está en un descampado al lado de su barrio, por la parte que da a otros edificios. Tiene visualizaciones sexuales que se tornan enfermizas, con mierda y sangre y órganos que revientan. Hace una pregunta: «¿Por qué?». Una voz le responde: «Porque detrás de todas las imágenes que utilizas para masturbarte está tu madre».

Está paseando por los pasillos del instituto. Toca la campana, pero se muestra reticente a entrar en clase porque no ha estudiado y no sabe por dónde van las lecciones. Al final decide entrar, y les ponen un examen. No sabe qué escribir, y se arrepiente de su dejadez.

Está en la ducha. Un amigo le vierte un líquido dorado que le empapa y le baña por completo.
Está en su cama y despierta. Intenta hablar, pero no le salen las palabras. Tampoco puede respirar, asfixiándose poco a poco. Es doloroso. Cuando muere, debajo de su cuerpo y de su cama se abre el negro espacio sin fin.

En su trabajo, las escaleras que unen las dos plantas son de caracol. Desciende eternamente. Si se asoma al borde, hay un abismo infinito, por lo que va pegado a la pared. Cuando llega abajo, todo está inundado, y se ilusiona porque puede estar con los delfines. Pero hay un tiburón y vuelve a la escalera de caracol. Esta vez se fija en el vacío de en medio. Todo se vuelve confuso.

Hay un apocalipsis. La gente es pobre, y se roba en la calle. Tiene el recuerdo de criaturas que salen a veces a hacer daño. Suena la alarma, y al despertar siente algo que jamás había sentido. Se trata de un sentimiento que abarca a todo el mundo, es decir, siente miedo colectivo, como si su mente fuese la masa, la población entera que se cubre de pánico.

Tienen un sistema político corrupto, y les separan por aldeas. Llega el político y les coge a unos cuantos para interrogarles sobre cosas que «sabían», torturándoles. Le hace pelear contra un gólem gigante, y al que viene detrás lo tortura con una ventisca de rocas. Se tiene que ir por otro pasillo para que no lo aplasten.

Una araña le folla, y crea una tela pegajosa a su alrededor.

Hay una casa abandonada y en ruinas en medio de una boscosa montaña. Él es una antigua novia, y está en un momento de la prehistoria, perteneciendo a una tribu. Está en la playa junto a una niña neandertal. Se mete en el agua y, metiéndose los dedos en la vagina se quita la virginidad. Un pequeño hilillo de sangre le baja por la pierna, desembocando en el mar. La niña se escandaliza porque ha roto un tabú de la tribu haciéndoselo ella misma y mostrándolo explícitamente. Él/ella le tranquiliza contándole el cuento de una cabaña que había en la ladera de la montaña. El cuento tiene efecto. Entonces se da cuenta del sentido de los cuentos, mitos y leyendas.

Vive una vida completa, desde que nace hasta el final, de un alienígena en otro planeta. La muerte va acompañada de un tremendo orgasmo.



………………………………..



En la habitación de un hospital, una enfermera cambia un gotero mientras otra cambia al encamado. Charlan. «¿Cuánto tiempo lleva en cama este hombre?» «Tres años», responde la otra. «¿Y no ha recobrado la consciencia ni una sola vez?» «Ni una sola». «¿Se despertará algún día?» «Quien sabe…».


 «…¿Soñará?».

VIDA Y MUERTE DE UN DÍA CUALQUIERA

Ernesto es una persona normal. Cuece espaguetis para entender el mundo, y anda a la zaga de las últimas tecnologías para que la vida no se estanque, aunque guarda para sí ciertas tradiciones de buena rutina para que tampoco se le escape entre los dedos. El otro día tuvo un sueño, de esos que se tienen con un cuervo, ahuyentando espíritus de mal agüero, o haciéndolos propios, no sabría decirlo. Su círculo de amistades es escueto y vibrante, como vibran titilando ciertas estrellas, a veces azules, a veces rojas, a veces blancas. Quizá algún día todo se conjugue para que muestren un solo aspecto, o quizá esto solo suceda por micro-instantes en un universo siempre cambiante y candente, lleno de mares, hielos y fuegos que se combinan sin cesar.

 Otra vez callado, otra vez hablador, perfecto, completo y triuno en sucesivos momentos, todo es conjugable mediante esa extraña dimensión que es el tiempo.
Del saxofón de Ernesto brotan extrañas notas que aquietan la mente y alteran el cuerpo, ronroneando sin parar matices y texturas sobre el lienzo del ambiente, supurante de mañanas, manzanas y jigos. El diario está escrito en sánscrito para ciegos, aunque lo fuman los gatos y lo encierran los viejos. Todo está extrañamente entretejido, y todo es autónomo a la vez. Ernesto, sus amigos, el diario… Estrafalario es quien no se dé cuenta, aunque al mismo tiempo y en distinto plano todo permanece aislado también.

Ernesto tiene una curiosa costumbre: necesita espacios abiertos después de haber experimentado estrecheces, quien sabe si para equilibrarse, para nacer a la vida una y otra vez, que el mar siempre fue río al que no importó sucederse en cañones, valles y cuevas, reinventando el entorno a cada paso, suma de gotas que han perdido su individualidad con el objeto de ser algo más. Reto a quien juzgue que se ponga su ropa un solo día, sea invierno o azucena, y que sople al vientre sus espaguetis en milhojas.

Hubo un mosquito que eran tres, observado por una mujer que eran tres, en un avión surcando las estribaciones del sueño. En otro contexto y en otra franja del tiempo, hay un hombre que, bajo los efectos de la psilicibina entra en común-unión con un mosquito a la orilla de un río, tropezando cuando el tropieza, andando cuando él anda, estando quieto cuando él lo está. Duda entre matarlo y no, mientras no deja de decir «¡¡Trois!!».No hay conexión evidente, pero está claro que hablamos de lo mismo mientras la piel de serpiente preside la salida del estado sempiterno que ofrecen algunas drogas. Así, quizá, no se tenga frío en invierno. Así, quizá, el sueño arribe de nuevo.

De apellidabas nuevas nupcias se corona la calle, tiene el calambre un estertor de huesos y encinas que reumas no echen abajo, ni estrafalarios conventos soplen a hurtadillas. Coronado de Santos presagios, tiene lugar lo bueno para Miguel, porque sabe que anida en su ser lo malo: la fruta se tiene que pudrir para alimentar el terreo entorno de la promesa de árbol. Quieto, estudiando el terreno, anda Ernesto observando la mies, mientras las ovejas balan como una fotografía en movimiento, con paso lento pero seguro a las órdenes de su buen verdugo. Olfateando angustias, sabe decir su sueño, que no es otro que la realidad sin principio ni fin que establece su lienzo de consciencias que sueñan a su vez nuevos textos, y así en infinita cadena de realidades que se contienen y superponen unas a otras en eterno cíclico y conclusivo mapa superdimensional, donde es más estable un terreno blando en el ensueño de una bruma pasajera que la certeza matemática que al final resulta escuetamente paradigmática. También sucede que las matemáticas y la ciencia, al final hacen palanca sobre su propio mecanismo, saltando por los aires realidades, concepciones, filosofías y estrechas tradiciones, entroncando su naturaleza con algo más arcano que se pierde en la noche de los tiempos y en lo indefinido de las profundidades personales. Todo tiende a conjugarse, las notas del saxo de Ernesto, las estrellas en eterno vals, mosquitos y escritos.

Mientras, las cosas no tienen mucho que ver entre sí. Ernesto da la vuelta a la esquina, sorprendido de su inactividad. El mundo está quieto, fresco y embaldosado, mientras la mañana desea un nuevo cuento donde cimentar su antigüedad y dinamismo. Los pasos son escandalosamente normales, tan automáticos que si se piensa da miedo. «¿Cómo sabe mi cuerpo que tiene que hacer lo que hace?», piensa Miguel a la sombra de Ernesto.

Otra rama se retuerce; otro brote se despliega al amor de un mundo sabio. Quién es la niña que corta o el monstruo que observa; la liquidez de la mente todo lo contiene: exterior, interior… Fluye y fluye en remansos de nieve, congelando endechas y coligiendo nubes, como aquel que se aprovechó muy oportunamente de aquel escrito que hablaba del que debía venir, transformándose a sí mismo en leyenda, mito que los pardos gorriones silban en el monte de mi mente.

Los baldosines están unidos por cemento. El cemento está unido por arena, agua y vaya usted a saber qué polvos extraños, grises, blandos, una especie de lodo seco. El agua está unida por una extraña y curiosa química: el amor de diferentes gotas que se tienen entre sí, sacrificándose por ser otra cosa más grande… ¿Sabemos nosotros hacer eso? El amor es el disolvente universal que rompe fronteras y unifica gotas haciéndolas charco, mar, rodeando Entrerríos, bañándome en salmuera si el mar está arrecío… Forma cementos, disuelve grasas para hacerlas jabones… qué curioso que el amor rompa estructuras para formar enlaces más fuertes… una gota nunca soñaría sola con romper un dique, pero un mar embravecido revienta fronteras para hacer de la roca arena… la roca nunca soñó con meterse entre los pies de los bañistas, sean Miguel o Ángel, o los sueños trasnochados de Ernesto, que friega los platos después de comer espaguetis con un jabón que acaso fue cerdo.

Un escaparate no es nada si no te devuelve la mirada, como el abismo de aquel, buscando la complicidad. Miguel permanece distante, mientras una marca comercial llora su inefectividad. El márquetin, ya se sabe, no fue diseñado para minorías. Dejemos en paz a inteligentes y meditantes. Ernesto lo sabe, y acude al encuentro de las mañanas del tiempo, tropezando con las fisuras del adoquinado, soñando con macarrones y estrellas, mosquitos, albas y rompeolas, que las gotas nacen del mar y el mar de las gotas, proceso de infinita metamorfosis física. Lo auto-referencial en la vida es sentido para unos, locura para otros o sinsentido, poesía no escrita deslizada bajo el vestido de lo real con objeto de que lo subjetivo lo interprete como quiera. Yo no lloro mis letras adivinando falsedades e inventadas realidades, pues lo real se alimenta de lo ficticio lo mismo que lo ficticio de lo real, no sabiendo donde acaba el mar y empieza la gota, acaba lo gota y empieza el mar. Ernesto no le teme a la muerte, pues sabe que muere todas las noches cuando cierra los ojos para dormir. No pasa nada. Nunca pasa nada.

Y, sin embargo, sucede. Miguel piensa en caminar, y comienza a caminar mal. Ernesto lo sabe, y para distraer su despiste mira alguna hoja, alguna rama, algún árbol. Poco espacio suelen dejar las ciudades a esos bosques amaestrados que condicionan nuestra vida, paseando por nuestros paseos, refrescando o caldeando corazones por sus entretelas, donde raíces levantan adoquines para limpiar restos de comida. Lianas de espaguetis cuelgan de las luciérnagas lunares formando columpios y estrados donde proclamar rupturas matrimoniales.

La ciudad se va acabando, paulatina y repentinamente, rompiendo adoquines al final de su cemento. La arena, golpeada por el calzado de Ernesto, entra en el calzado de Ernesto, formando incomodidades en el lecho de una planta que no es vegetal aunque poco haga y mucho sostenga. Si Miguel dejase ese grano ahí, quizá mediante mucosidades formase perlas u otros órganos, que todos huyen de lo incómodo aunque más correcto sea; hoy andaríamos descalzos sin lastimarnos los pies demasiado si a algún antecesor de muchas albas no hubiese soñado con estar un poco más cómodo. Nunca imaginó que se volvería dependiente, y sus pies, débiles criaturas que hay que vestir, que no forman perlas y que tienen mucho que ver con los abismos incognoscibles de los escaparates que devuelven la mirada a poco que uno piense en cómo se debe caminar.

Miguel realiza una paradita para mear mientras los horizontes se abren y la tierra se muestra. Cultivos humanos quedan así entrelazados mediante invención y vivencia, que el que escribe tiene a bien conducir por los derroteros de una mente lúcidamente enferma a lectores, camas y edredones. Los trigales prometen pan y pasta, mientras hay mosquitos que rozan realidades de orcas y suelo entretejido de mar y lluvia luminiscente. Otra vez me dejo llevar por historias sin simiente, que el barco hacedor de residuos estreñidos rompe contra naturales y ofrece estrechos camarotes donde por mucho que se planten espaguetis no nacen trigos de mar salada. Otra cosa es que el suelo tenga que responder ante su textura, arenosa y dada arcilla que evita dunas móviles de lugares blandos en sitios donde la matemática copula con el ensueño.

Todo camino es extraño. Hasta el más recto. Hasta el más dado. Los eriales rompen en terrones; son los charcos que forma la tierra. Un cohete deja espuma en el cielo mientras una niña imagina virgen en cuerpo y mente poemas límpidos y líquidos, como aquel que Ernesto bebe, como aquel que Ernesto es, como aquel que Ernesto llueve, es mar y pica de alabastro, rondando las cornisas de los árboles en celos que rompen alergias a los descuidados no-sucios, elementos de baraja marcada que no tienen culpa del calzado azado, mimbres del ser. Yo no fui esturión, pero alguien se protege y protege, incomodando al ser al darle comodidad abisal.

Las plantas que viven y dormitan en estático al borde del camino, despliegan sus hojas en proporción áurea, abriendo flores en el sueño del tiempo; están condicionadas por el sol, siempre queriendo alcanzarle, siempre enraizadas a lo real. Co-viven con lo humano. Para la naturaleza no somos más que unas rocas en forma de pino, una pirámide doble que transforma sin cambiar nada, pues el ser humano, por mucho que se mueva siempre está quieto, y por mucho que destruya y construya, no hace nada en verdad.

Hay viejos senderos barridos por el tiempo, desedificados por la naturaleza; están ocultos, ensoñando, desdibujándose. Si el que los descubre es sabio, no trata de cambiarlos: toda rama en su sitio, cruzada o a lo largo; hojas secas que tratan de unificarlo con el entorno; aquí esta zarza, allá esta malva…

El campo también tiene ciudades amaestradas, que como equivalencia se corresponden. Hubo hace mucho un trato secreto, en el que ciudad y pueblo tendrían naturaleza, y la naturaleza hombre. Yo no estuve, viajaba por el orbe, pero Ernesto lo lleva en la sangre. Otro paso más, sin pensar más que en los pensamientos, otro chinato, otra perla, otra casa de campo; olivos, trigales y adelfas, sombras de morales, pinos y plataneras. Si cruces tiene el camino, solo importan los bancos de piedra.

El lecho del río es inmortal. Se mueve lo mismo que el hombre, recluido en su quietud. Espera al fondo del valle, bajo la montaña, a la sombra de juncias y espadañas; fresnos duros guardan su cauce. Fluye en charcos estáticos esperando lluvias que dinamicen, fluidez que entraña cánticos a las auroras que despejan el alba, rompe en sonidos silenciosos con que amar la mañana. Nunca hubo construcción más perfecta y armoniosa que un río, sueñe éste con agua al no tenerla, o la tenga y nunca pare. Hubo quien dijo que es el río el que triunfa sobre las montañas del valle, porque él recoge todas sus aguas, triunfal y humilde ángel. La rana canta sus alegrías, vuela la cigüeña, la yegua se ausenta, trina la madeja, grillos sonoros rompen el aire sin destartalarle. Otra vez vuelve a ensoñar Ernesto, y otra vez yo vuelvo a enojarme, pues no hay prenda que a nadie estalle que no sea de otro, y ese otro de sí no salga ni a tirar la basura.
Los ácaros no tienen ano. Comen y comen, hasta que se llenan de mierda y mueren. La naturaleza, en el mundo animal, aprendió del río que fluye y desemboca su arrastre. Es el primer sitio donde limpiar suciedades.

El retorno es tranquilo, sin pena. Ernesto silba las vivencias, compartiendo con el mundo alegrías y profundidades mientras el rocío se retira, tranquilo, a otro estado: gota a gota mutando, dando de beber a gea, o llenando de espuma el cielo, para que esa niña hable en claves de poema con cariños al acecho. Cada vez más urbano, el paisaje entre la ciudad y el campo se llena de inmundos contrastes, con naves que no vuelan y que son fábricas en basto comercio, generan suciedades y trabajan a degüello, rompiendo en monotonías sin cielo. Esta bastedad, esta suciedad, es contemplada por Ernesto como algo natural, como la hez de ese gran animal social en su jaula de alquitrán y baldosines, escaparates y aviones, que son las naves que sí vuelan. Alguien pone lechugas en la jaula, recuerdo de la naturaleza, bosque domesticado, pacto arcano del hombre. Si llueve o no, no lo recuerdo; lo que es cierto es que el cielo echa de menos amarte, pobre y feliz Alberto, Ernesto que vives del aire.

Rompiendo transiciones, las aceras se visten de uso adquiriendo chicles, polvo, papeles, hojas y manchas de quién sabe, rompiendo su perfección en suciedades que cuentan historias a través de las huellas que marcan la belleza de la vida, que lo inmaculado carece de nada que merezca la pena ser escuchado por nadie. Algunas personas barren y friegan ese trocito de acera que les pasa por delante, extensión de la propiedad que es parte de la piel, al aire exclamada y cacareada, vanagloriada y ensalzada. Así, las aceras que pasan enfrente de las casas abandonadas son oscuras como oscuros son los viejos, llenos de arrugas, grietas, manchas de aceite, lunares, cicatrices, usos distantes que la lluvia no puede.

Ernesto, auspiciador de intensidades, todavía su vida es breve, y aun así llena de corales, expulsando oxígenos a manos llenas, purificando desagradables ambientes mientras llueve y no llueve, gotas que sueñan mares, a veces rocío, a veces charco, a veces río, ganando al valle, alimenta mosquitos que tres son nadie, sonriendo misteriosamente como La Mona Lisa, conteniendo a duras penas verdades que estallan en forma de despuntes, orgasmos y acné involuntario, llenando el mundo aunque no quiera de profundo estrafalario. Otra vez la media mañana llama al que nada tiene que hacer con su horario, llenando de terrazas bares que agasajan en falsas servidumbres e invitan al ocioso a ser cubiertos con su peaje.

Mientras Ernesto espera, va tomando su aguante, que cervezas hacen dislocar el estado de reposo en un tambaleante inesperado que hace las delicias del que de otro ríe y burle. Su amiga Magdalena aparece al tiempo que se deshace en disculpas gratuitas que a nadie importan más que a ella, la cual goza con ese leve malestar que una y otra vez en estos lances ha de repetirse, para que una y otra vez le suba ese amargor desde el estómago que le recuerda que no es perfecta, y bendita gloria que así sea, baldosa usada en el paraje urbano, llena de hojas, vendavales, efluvios y ciertas pisadas que dejan huellas que no arrastre el agua, ni queja de trémulas conversaciones, sentada como lo está con su amigo que es alguien, dichoso de la vida, sufridor de verdades.

Así, cerveza a cerveza, se abren los corazones, aunque ni Ernesto o Magda necesiten del alcohol para escudriñarse. Ella le habla de aviones que rompen espumas en el aire, y él de serpientes que mudan su piel contra ramajes y piedras, asperezas que en el pié haría callo si al aire estuviera, no vendado de falsas pieles zapateras previendo el desastre. De aperitivo les ponen callos que no son de pies desnudos, ni contienen perlas, ni prestan silencio. Ernesto intenta transmitirle a Magda su mapa vital, pero solo incurre en torpes indicaciones que parecen lecciones de falso maestro por el desastre abotargado, tan lleno de cenizas como el ramaje.

Después de las lecciones de intrusismo personal concedido, ambos se despiden, separándose las gotas para hacer lo que la rutina les depare. La nebulosa del contento etílico no hace sino sumarse a las experiencias de lo vivido; es un aliciente más para alentar un contento generalizado. Todos los músculos de Ernesto permanecen con buen tono, su tripa relajada, su vida interna responde a impulsos de gozo y desastre, que aquí todo vale aunque la vela de aquel barco esté parcheada de remiendos y costuras; lo único que importa es que le lleven, lo mismo da que arribe costa o que en la catástrofe se hunda: un marinero forjado a base de látigos de sal está contento si muere en alta mar. Ella, su eterna novia, siempre anhelante, mostrándose a su amante abierta en suaves sugerencias que el romper de las olas contra la madera trae como mensaje.

Llega a casa como cualquier otro a esa hora, a otra casa, en otro pueblo, en otro reino. La llave sale de la puerta a su encuentro, registrando iris y córnea mediante un suave láser. Solo otro que tuviera sus ojos podría entrar, lo cual es del todo improbable, a no ser que alguien se los arrancase para poder acceder, quien sabe para qué, robándole la vista y la casa, haciendo de él un paria con clase, pues ya se sabe que inválidos de distinto tipo dan más pena y monedas que si estás entero, a no ser que portes un niño, o hagas algo que enternezca o que se admire, como ese mimo que permanece por horas sedente mientras medita. Sombra negra, sombra blanca.
De todas formas, Miguel guarda en su bolsillo un llavero con uno de los ojos que le sobraron al nacer (y no es el del culo, porque entonces no tendría río interno y moriría como los ácaros, lleno de mierda), por si invita a alguien y tiene que entrar sin que pueda él abrirle. Todos los días tiene que hidratar el ojo del llavero; todos los días tiene que levantarse; todos los días está condenado a dormir y a morir, arte y despacio.

Juntando muchas gotas aparece el chorro de agua grifo mediante. Un cazo hace de moderado pantano donde conjugar distintos procesos adecuados para la transmutación de los alimentos. Hoy toca espaguetis, como no podía ser de otro modo, lianas de trigo y huevo solidificadas dispuestas al antojo del consumidor. Mientras se cuecen desordena un poco su cuarto, pues la entropía gusta a las gentes con ente, donde el aparente desorden es el orden del que así vive, situándose todo al alcance de un vistazo y no ordenado y guardado, estructurado, clasificado, en definitiva olvidado y archivado. La dinamización de los objetos es condición sine qua non se entiende la vida en un ámbito doméstico.

Mientras come, Ernesto piensa en gatos, pienso y harina. Al cerrar los ojos sólo ve verde, caminos, hojas y otros conjuros matutinos. Es de probada certeza que lo que uno hace a uno le colma, esté esto de acuerdo con la propia filosofía o no, pues hay quien se siente una y otra vez traicionado por sí mismo y su conducta, muchas veces inconsciente, y hay quien modifica su estructura mental para dar cabida a lo que se es en realidad, reestructurándose una y mil veces, como cauce de río ante los milenios. Hay conductas que no necesitan demasiada adecuación, como tampoco necesitó el mosquito evolucionar desde la noche de los tiempos en demasía, aunque la palabra «tres» quizá sí tenga su historia.

Hay una sutil diferencia entre la placidez y la comodidad. Ernesto, tras la comida, se siente plácido. Podría dejarse llevar y sentirse cómodo, pero las alertas saltan cuando entra en esta franja, desaprovechando elixires y sustancias, quintaesencia de la vida desperdiciada en el quicio de la ordenación de las prioridades esenciales. Solo hace falta ver cómo afrontan la vida las personas cómodas, cómo buscan sólo lo que en una nube les lleve, y cuando pasa el avión que destartala la espuma del ensueño saltan al vacío sin asidero, no aceptando. Entonces, el rechinar de dientes es grande, así como el escándalo y la ingratitud ante la vida. Grandes valores han sido dados de lado ante los infortunios de la vida, cuando sistemas que no contemplan adversidades como circunstancias normales no valen de nada, siendo pucha mental patrocinada por las grandes cadenas de mercados, asomándose a la casa de cada cual mediante pantallas que entretienen el tedio con vacíos insondables de superficiales modos y maneras, condicionando el sentido y reubicando opiniones que cada vez son menos variadas y más clonadas, como se parecen entre sí las plantas de la misma especie. Aun así, la vida de cada cual es única, y por mucho que se quiera modelar, estas vivencias marcan el talante, lo mismo que la disposición hacia determinados temas o consumos, que no solo el dinero estipula lo que se posee, sino también cierta coherencia, algo de desapego y mucho de poco ego.

Las cuerdas invisibles del saxo hacen de éste un instrumento de viento, que dicen los físicos teóricos que el aire, a nivel atómico, está compuesto de cuerdas, como cuerdas alimenticias son los espaguetis y cuerdas lumínicas son los haces del láser. Esta conjugación de filosofía pendenciera no es necesaria para que Alberto juegue a ser músico disonante, cocinero de pasta, aunque dinero poco tenga. Llorando amarguras alcanza cauces inimaginables, ruptura de dados azarosos, vida colmada en colmena, mentes contiguas aisladas por un torrente de estructuras nuevas que hacen de lo que es, o un precio, o la inutilidad. Pero observando, viendo y viviendo todo el conjunto es mortalmente hermoso: una bofetada, el llanto de un niño, el sonido de una sartén de satén, unos pasos que arriban la costa de los sueños cotidianos, la calidad de los silencios tras la irrupción del saxo. Otro grillo más que genera texturas, zumbidos con oro en sus entrañas, la chicharra generando veranos y operando estados de ánimo cuasi-zen.

Un cuervo se viste en vuelo de negras plumas, ariete de gánsteres, graznando secretos por nadie escuchados. Un pequeño pájaro pardo revolotea a su alrededor, atraído por melancolías y oscuridades. De estos dos aleteos, hay quien extrae distintos sentidos, aunque la cosa es una. El instinto deja mucho espacio en blanco al libre albedrío. Cuando alguien se sacia y tiene cobijo, puede dibujarse en escaparates para curiosos y conocidos, o para conseguir amantes, que todo es un mercado y cada cual marca su oferta, aunque cuando más bellamente canta un pájaro no es cuando busca concubina, sino cuando nada espera ni nada desea, pues el regalarse no es solo una cualidad de la dádiva, sino también de hacer las cosas a golpe de latido, llenando el entorno de sentido, coloreando, colmando el contorno.


Y llega la noche. Un mosquito salido de no se sabe dónde espera en la puerta. Alberto concibe el poema bajo la penumbra, aunque mata al pobre insecto: puede más el miedo a ser perforado que el evocador resorte. Aun queda por saber qué tienen que ver los espaguetis con los mosquitos, aunque quizá la música de las esferas sea la misma que alumbre posibilidades ciertas en cuerdas digitadas por la casualidad o el sentido. Un nuevo dios ha nacido, y es Ernesto, el que no teme a nadie más que a portadores de violencias, pastos ardiendo y madre. Lo que tenga que venir, que venga, que no hay cobarde aquí que le llegue a la zaga a los altramuces de ensueño mientras pescados lleven dentro.

lunes, 2 de mayo de 2011

Patíbulo de tu esperanza

Está de moda.

Pero no habla sobre mí.
Me da igual ser un dato estadístico más.
Lo que no me da igual es tu vida.
Lo que no me da igual es perderte;
porque no te tengo;
porque nunca te he tenido…
ni nunca te tendré.

Soy la sombra de tu patíbulo, que se extiende fría;
fría te arropa, con su quejido a madera vieja;
fría, se mete en tus huesos, haciéndote responsable de tus actos;
fría, te juzga y te condena, ya sabes a qué.

Soy tu esclavo;
mi mente, te pertenece.
Sin ti, nada soy,
amor mío que no amo,
destierro de sombras que de mí no alejo
por no quedarme a solas con mi soledad
por no establecer conductas que hablan de uno y no más
individuo que no soy
corregirme quiero de este yerro
en tu insana compañía

En el fondo, sé que no te amo
pues tu conducta hacia mí es opresora
el látigo siempre presto a restallar contra mi piel
piel que no tocas
aunque tu verbo me hiere
más profunda y certeramente que como lo haría
la violencia física que contengo hacia ti
pues razones no me faltan para golpearte
para herirte
para matarte
ya que no eres mía

Por eso, te quiero controlar

Me dominas
me asfixias
me atas
condicionas mi conducta
a mí, en el fondo débil
en el fondo dependiente
en el fondo solo
solo a tu lado
solo y desvencijado
como el patíbulo que intento no ser para ti
ese que ya proyecta su sombra sobre tu ser
en secreto
en silencio
en un aterrador sueño
cualquier día te cuelgo
señora de mis desvaríos
dueña de mis tormentos
madre que no amo
que no me pariste
con quien, cuando me dejas
comparto sexo
amargura
y hiel

Cuando mueras
arroparé tu cadáver
esperaré a que estés fría
y yaceré a tu lado
te convertiré en lo que siempre fuiste
y te conoceré
bíblicamente

Pero no voy a matarte
no voy a calcinar mi libertad
mi honor
mi moral
y mis relaciones sociales
que casi estoy en que todo eso me da igual.
Me beberé el vaso de mi soledad en silencio
antes de que se desborde
antes de que anegue tu vida
y enturbie la mía

No terminaré tu vida
porque eres libre de no amarme
y yo lo soy de dejarte.
Me buscaré la suerte
no mendigaré migajas de compasión
ternura
o cariño
porque no sé lo que es el amor

Tú a mi lado ejerces de madre.
Te daré un consejo:
Busca un amor de verdad
pare
y ejerce esa fuerza que malgastas conmigo
en aleccionarle
pues de mí no extraerás conductas reformadas
ni serás maestra de nadie
más que de tu amor perdido
que con esta conducta
no dejas que germine
regando
anegando
esperando que aflore
provocas la pudrición
del patíbulo que entre los dos construimos
para ti

Seas libre, pues
este patíbulo sirva para hacer un fuego
una gran hogera donde calentarme
que ardan mis ansias homicidas
encontrarme quiero
en el espejo de danza primitiva
que arda mi dependencia
mi amargo y mutilado salvaje;
nazcan de las cenizas
nuevos animales
que me compongan
que den lugar a un nuevo cuento
mi personalidad creando
bajo un nuevo sol
en este espacio infinito
de libertad
claridad
y perpetuidad

No voy, pues, a pegarte
no voy, pues, a matarte
no te devolveré los golpes que me has dado
certeros
profundo
dolorosos
y amargos.
No quiero hacerte daño
lastimarte
porque el daño me lo haría a mí
espejo de mi soledad

Te dejaré libre

Todo esto lo pienso
después de matarte
de yacer a tu lado
frío cadáver

El lecho del río

El lecho del río está seco
la manzana hace tiempo calló del árbol
hay esperanzas malditas
sueños de realización
calvo estoy
mientras, no es presente

La mortecina luz no ilumina mi existencia
lo suficiente como para poder ser
el lecho del río está seco
la manzana hace tiempo calló del árbol

martes, 22 de junio de 2010

Añorando ser yo

Añoranzas del ayer
aquello que yo fui
eso que ahora es recuerdo
sueño
y olvido
macerándose está
para hacer de mí
ese que seré

Me refugio en el ayer
ahora soy
un alegre jovenzuelo
carente de preocupaciones
de responsabilidades
ignorante de los engranajes
del mundo adulto
así, despreocupado
no se está mal

Aún ser joven pesa
en las urbes de hoy
mi recuerdo se despliega
soy la reencarnación de Buda
soy el mundo reptil
ahora soy
mis padres
el ayer

Mundo pre-industrializado
carente de los engranajes
del mundo moderno
quehaceres manuales
supervivencias
de sol a sol

Aún ser individuo pesa
soy mi árbol genealógico
una nova
en expansión
vida marítima que bulle
mundo nuevo
colonización

La unidad compuesta
por células-ser
perfecto equilibrio
para individuos en desequilibrio
sueños indigestos
de maya colectiva
quien hable de mi nombre
hablará de mi familia

Aún puedo ser más que mi familia
porque ser tan pocos pesa
soy el mundo por venir
donde las bacterias y los insectos
colonizan el planeta
preparando el germen
de la nueva existencia

Soy mi raza
soy mi especie
doloroso paso
para hacerse inteligente

Me descubro
soy yo
bienvenido a mí
soy el que se reconoce
en la charca que hasta ahora tan solo servía
para saciarse
para limpiarse

Ser débil
de fuerte maña
se identifica
para deslindarse
de lo colectivo vivo

Aún así
soy mi especie
la que sueña
con ser individuo

Quiero ser más
el tiempo que respira
la sal en alta mar
porque aún ser mi especie pesa

Soy, pues
el mundo animal
espírea movilidad
nociones a medio aprendidas
a medio intuidas
-
recordadas
soy el respiro
la acción
días en vela
de un navío sin timón

Aún ser animal pesa
quiero ser alcanfor
más colectivo que la madreselva
más sedente que dios

Soy el mundo vegetal
el caldo primordial
la mar hecha sueño
una estrella
la luna
soy la revolución industrial

Colectiva consciencia
de seres que a poco
se desperezan
extendiéndose sin prisa
pero en firme

Soy el mundo marino
que sueña con ser algo más
primera bocanada de aire
que penetra como agujas filosas
era mejor nadar
y no avanzar

Sedente como dios

Soy la dolorosa consciencia de estar vivo
que aún pesa
soy el sueño de la roca
el vítreo universo
mirándose está

Soy Jesucristo en el desierto
haciéndose uno
con el entorno
no-vivo

Voy atrás
voy atrás
y recuerdo
haber sido yo
todo lo que existe
soñándose está

Soy la materia
soy el espacio
soy los gases
soy la tierra
y el sol
y los soles
soy más consciente de lo que somos
de que no hay tiempo
y de que no hay aquí
ya que ahora es como antes
y después sigue estando aquí
lo mismo que allí
donde también yo soy

Soy todo lo colectivo
materia muerta
materia viva
una misma consciencia son
soy tantos yos
como pueda abarcar
la no acción
-
creación

Soy tantas cosas
que soy la nada
también ausencia
de lo que es
yo soy

Aún ser lo múltiple pesa
quiero ser unidad
el sueño de quien soñó ser Buda
ser uno
tierra y escorpión

Antes de ser líquido amniótico y bebé
antes de ser la vida en el mar
antes de ser
océano
tierra
cielo
sol
luna
y estrellas
antes de haber caído
ángel maldito
recuerda haber sido dios

Soy unicelular
soy la masa informe
el pre-planeta
soy el primer gas
antes de la diferenciación
yo soy el big-bang
la idea creacional original
soy el primer Adán

Soy el dios que no existe
el universo en su totalidad
antes de ser
soy la unidad
el ser que se mira en el charco
reconociéndose como individualidad

Ser la unidad aún pesa
quiero ser algo más
quiero ser todo lo que existe
quiero ser la particularidad

Aún voy atrás
para ser el mundo del mañana
un viejo sumido en sus temores
esperando
sedente
en la cueva
aislado
en lo alto de la montaña

Soy el universo templado
soy el mundo de las bacterias y los insectos
soy yo
esperando la muerte
siempre cano
aún voy atrás

Soy yo
recordando
lo que seré mañana
a través
de lo que fui ayer

El desbordarse

Imaginaciones que uno tiene
no dan problemas si no son real
conquistas al intelecto
de animal impulso fuerte
fuente inconsciente
sin parar rezuma
presión a la tapa de la cloaca
hasta hacer reventar no para
intensa pulsión

Cosas que uno piensa
amaneceres entretejen
cosido a la pierna
hay un jazmín

Él estudia su manera de amar al mundo
lo que le rodea aparejado está
entre la realidad que todos perciben
y la llamada de pulso vital

Se pasea por la tierra
sin llamar mucho la atención
reservado
tímido
de la interpretación asceta
que reta al carrusel

Hasta que un buen día
pone en práctica lo soñado
plasma lo imaginado en lo real
desbordan de su contenedor las ideas
y a actuar empieza
la función

Persigue mariquitas
para que sus puntos le enseñen
dónde está la alameda
dónde el balcón

Huele amaneceres y ensarta
viejas canciones del revés
estudia reacciones corporales
cuero de sandalias sirve de desayuno
señales que indican un nunca jamás

En su habitación
corta la cortina en líneas verticales
para ver y no el exterior
subyacen ideas malformadas
como el feto del Papa
como nido de moscas
como agua nerviosa
derrite el envés

Rompe cuadros con sus manos
para desmarcarse del marco
con el objeto de que salga fuera
lo de dentro
y se dinamice
lo estático

De sus cristales hace comida
mascando y rompiendo
para con el vidrio desmenuzado
la sangre y la baba
hacer bola
desfragmentada de cristal

Sopla su vida al viento
mientras las ventanas abren y cierran
el decaimiento de la razón

Pinta con tiza blanca
sobre blancas paredes
para no ser leído
solo el momento escucha
lo que hay aquí

Monjas con la cara azul
se pasean por la alameda
que deja por pista
puntos de mariquita
del viejo chaval
que pinta tizas
en el nacimiento del tiempo